jueves, 23 de octubre de 2008

Compañeros para la Campaña de Firmas

Si Ud. está interesado en el Etiquetado Obligatorio de los Alimentos Transgénicos para no ser como un Conejillo de India, puede unirse al equipo que junta firmas para tal fin, comuníquese al 099-307-967 (Federico) o por e-mail: f.diano@adinet.com.uy

Hoy más que nunca, es importante que tomemos las riendas de nuestro destino y de nuestra salud, por nosotros y por nuestros inocentes niños.

Puede ser que estemos comprando un cáncer y aún no lo sabemos.

Necesitamos ser muchos más, tu presencia es fundamental. Únetenos!
Cel.: 099-307-967


domingo, 19 de octubre de 2008

¿Son seguros los transgénicos?

¿A qué se debe la controversia en torno a los alimentos genéticamente modificados, también conocidos como transgénicos? ¿Son seguros para consumo o no?

Quienes defienden los transgénicos argumentan que no hay evidencia científicamente válida de que hagan daño. ¿Existe tal evidencia o no?

Quien esté tranquilo y satisfecho con la aseveración de que no hay evidencia de daños está presumiendo que alguien en alguna parte está haciendo o ha hecho averiguaciones a respecto.

Los defensores de los transgénicos señalan, con un aire de finalidad como para poner fin al debate, que la agencia estadounidense FDA, que vela por la inocuidad de medicamentos y alimentos, declaró que estos productos son sustancialmente equivalentes a sus contrapartes no transgénicos y que por lo tanto no presentan ningún riesgo novedoso al consumidor.

Pero la FDA no examina los alimentos transgénicos. Lo que hace es aceptar los datos que le someten las compañías que los hacen. Casi todos los estudios que someten son confidenciales. Si son tan seguros estos productos, ¿Por qué la confidencialidad?

“El consultar la FDA sobre la seguridad de alimentos transgénicos es un ejercicio puramente voluntario, en el que la agencia recibe resúmenes sin datos y conclusiones sin fundamento”, informa el investigador Jeffrey Smith en su excelente libro 'Genetic Roulette' (Ruleta Genética). “Si la compañía alega que sus alimentos son seguros, la FDA no tiene más preguntas. Por lo tanto, se aprueban para venta variedades transgénicas que nunca fueron alimentadas a animales en estudios de seguridad rigurosos y probablemente nunca a humanos tampoco.”

La FDA “depende casi totalmente de la notificación voluntaria de las compañías de biotecnología”, advierten los científicos húngaros Arpad Pusztai y Susan Bardocz. La FDA “sólo acepta las aseguranzas de las compañías de biotecnología de que su producto es seguro.”

Los defensores de los transgénicos nos dicen que son los productos más minuciosa y exhaustivamente examinados de toda la historia y hacen referencia a montañas de estudios y datos a este fin. Pero cuando uno excluye los estudios que son confidenciales entonces la pila se achica bastante. De la pila que queda, la mayor parte consiste de estudios que si bien son minuciosos fueron hechos para determinar variables agronómicas relacionadas a la productividad y rendimiento, datos que no tienen ninguna utilidad para determinar inocuidad. Una vez excluimos esos, la pila de estudios y datos se achica más aún.
De los estudios que tienen alguna relevancia a la salud humana, ¿Cuántos de estos son públicos y no confidenciales? ¿Cuantos han pasado por el proceso de revisión por los pares y sido publicados en la literatura científica? Como que la pila sigue achicándose. Y de éstos, ¿cuántos NO fueron financiados por la industria de biotecnología?

¿Quién puede creer que la fuente de financiamiento de una investigación científica no es de importancia? En un informe publicado en la revista Nutritional Health, I. F. Pryme y R. Lembcke observan que los estudios científicos sobre transgénicos que no son financiados por la industria tienden a encontrar problemas con serias implicaciones para la salud humana, mientras que los estudios financiados por la industria nunca encuentran ningún problema.
De cualquier modo, ¿Qué compañía ha encontrado algo malo con sus propios productos? ¿Cuántas décadas pasaron antes de que la industria tabaquera admitiera tímidamente que quizás podía existir alguna relación entre su producto y el cáncer?

Sepan ustedes que los estudios sobre transgénicos revisados por los pares y debidamente publicados que tengan alguna relevancia a la salud humana son apenas más de veinte. De estos, ¿Cuántos fueron realizados con sujetos humanos? Uno solamente. Es realmente preocupante que se hayan comercializado estos productos de manera masiva cuando la base de datos sobre su inocuidad es tan diminuta.

Las pocas veces que datos confidenciales sobre alimentos transgénicos han salido a la luz pública éstos han resultado ser sumamente preocupantes.

El 22 de mayo de 2005 el periódico inglés The Independent reportó la existencia de un informe secreto de la compañía de biotecnología Monsanto sobre su maíz transgénico Mon 863. Según el informe, de 1,139 páginas, ratas alimentadas con este maíz por trece semanas tuvieron conteos anormalmente altos de células blancas y linfocitos en la sangre, los cuales aumentan en casos de cáncer, envenenamiento o infección; bajos números de reticulocitos (indicio de anemia); pérdida de peso en los riñones (lo cual indica problemas con la presión arterial); necrosis del hígado; niveles elevados de azúcar en la sangre (posiblemente diabetes); y otros síntomas adversos.

Portavoces de Monsanto aseguraron que la compañía haría público el informe, pero no lo hizo de buena gana, alegando "confidencialidad", y al principio sólo publicó un sumario de once páginas. No fue sino hasta que un tribunal alemán ordenó su divulgación unos meses después que el texto entero fue hecho público.

Es importante señalar que esta importante información es pública no por la buena fe de Monsanto sino porque algún buen empleado con acceso a documentos confidenciales de la compañía se tomó el riesgo de llevarla a la prensa. De no ser por este héroe anónimo, todavía hoy seríamos felizmente ignorantes sobre los efectos del Mon 863. Cabe preguntar entonces, ¿Habrá otros transgénicos nocivos que la industria de biotecnología nos está dando de comer a sabiendas de que son dañinos?

¿Qué más se puede esperar de una compañía como Monsanto? El excelente documental Le Monde Selon Monsanto (“El Mundo Según Monsanto”) de la cineasta francesa Marie Monique Robin, muestra cómo esta corporación ha pasado décadas negando responsabilidad por los horrendos daños a la salud ocasionados por el Agente Naranja, defoliante tóxico que ésta fabricó y que se utilizó extensamente en la guerra de Vietnam.

También se presenta en el filme el caso del pueblo de Anniston, en Alabama, EEUU, el cual sufrió por décadas de contaminación de sustancias tóxicas conocidas como PCB vertidas por Monsanto, contaminación que la compañía pretendió encubrir.

En el curso de la batalla que la comunidad de Anniston dio en corte salió a luz un memorando interno de la compañía que decía “No nos podemos dar el lujo de perder un solo dólar de ganancia” (We can't afford to lose one dollar of business).

En vista de estos hechos, ¿Qué se puede esperar de esta compañía cuando nos asegura que sus transgénicos son seguros? Robin y yo no criticamos a Monsanto de manera arbitraria y gratuita. Es que la compañía tiene 90% del mercado mundial de cultivos transgénicos, por lo tanto es sólo justo que reciba 90% de nuestras críticas.

Otro caso preocupante que demuestra que la FDA no está haciendo nada en lo absoluto para asegurar la inoucuidad de los transgénicos es el del guisante australiano. En 2005 un guisante transgénico experimental desarrollado en Australia por la Commonwealth Scientific and Industrial Research Organization provocó una fuerte reacción inmunológica en ratas de laboratorio.

Científicos de la escuela de investigación médica John Curtin en la ciudad de Canberra sometieron el guisante transgénico a una batería de pruebas de las que normalmente se hacen a medicamentos, no a alimentos. Las ratas que ingirieron el producto mostraron cambios significativos en sus sistemas inmunológicos y nódulos linfáticos. Esto es más que suficiente para prohibir su consumo.

Hay que enfatizar que las pruebas que realizaron los australianos no son requeridas por ley para alimentos transgénicos en Estados Unidos. Este producto hubiera entrado al mercado estadounidense si hubiera pasado por el sistema regulatorio de la FDA. Por lo tanto, no nos sorprenda que productos transgénicos igual o más nocivos que el guisante en cuestión pueden estar en el mercado ahora mismo.

Igual o más interesante que los resultados del experimento es el hecho de que los mismos científicos que desarrollaron el guisante y realizaron el experimento no entendían la importancia de lo que habían hecho. Las pruebas que habían realizado nunca antes se habían hecho con alimentos transgénicos y aún así ellos realmente estaban convencidos de que las pruebas que habían hecho eran la norma en el resto del mundo. Esto demuestra que los propios biotecnólogos- al menos la mayoría de ellos- están sumamente desinformados sobre su propio quehacer.

En honor a la verdad, la FDA sí examinó productos transgénicos, pero lo hizo una sola vez, en 1992. En ese entonces determinó que estos alimentos son perfectamente seguros y que al no presentar ningún riesgo nuevo, no necesitan de pruebas adicionales.

La agencia se negó a hacer públicos los documentos internos relacionados a estas pruebas, lo cual provocó en 1998 una demanda de una coalición de grupos de sociedad civil dirigidos por la Alliance for Biointegrity exigiendo que se hagan públicos. El juez le dio la razón a la parte demandante y como resultado se hicieron públicas sobre 44 mil páginas de documentos relacionados con las pruebas realizadas sobre los transgénicos. Estos documentos enseñan que, contrario a lo que decía la alta cúpula de la FDA, no había ningún consenso entre los científicos de la agencia en cuanto a la seguridad de los transgénicos, y que varios de ellos expresaban serias preocupaciones sobre riesgos a la salud.

Los documentos desclasificados son interesantísimos y educativos. En uno de ellos, fechado 6 de marzo de 1992, el microbiólogo Louis Pribyl dice que “los efectos involuntarios no pueden ser despachados tan fácilmente, simplemente implicando que éstos también ocurren en la crianza convencional.

Hay una profunda diferencia entre los tipos de efectos inesperados de la crianza convencional y los de la ingeniería genética.” Por su parte, la oficial de cumplimiento Linda Kahl advirtió en un memorando con fecha de 8 de enero de 1992 que al “tratar de forzar una conclusión final de que no hay diferencia entre alimentos modificados por ingeniería genética y alimentos modificados mediante prácticas de crianza tradicional (la agencia está tratando de) meter una ficha cuadrada en un hoyo redondo... Los procesos de ingenería genética y crianza tradicional son diferentes y de acuerdo a los expertos técnicos de la agencia, llevan a riesgos diferentes.”
Resulta que el oficial puesto a cargo de la investigación sobre transgénicos no era científico sino abogado, el licenciado Michael Taylor. Previo a su servicio público representó a Monsanto. Y tras terminar su labor en la FDA volvió al sector privado y llegó a ser vicepresidente de Monsanto. Es un caso clásico de poner el cabro a velar las lechugas. En inglés le llaman 'revolving door', el conflicto de interés creado por el continuo movimiento de profesionales entre los sectores privado y público.

Y el caso de Taylor no es nada fuera de lo ordinario. Clarence Thomas, ahora juez del Tribunal Supremo de EEUU, fue abogado de Monsanto, y el ex-secretario de defensa Donald Rumsfeld fue por ocho años jefe de la farmacéutica Searle, la cual Monsanto compró en 1985. Y Anne Veneman, la primera secretaria de agricultura de la administración Bush-Cheney, había estado en la junta de Calgene, empresa comprada por Monsanto en 1997.

La activista e investigadora Beth Burrows, fundadora del Instituto Edmonds, dedicó años a investigar el 'revolving door' de la industria biotecnológica pero eventualmente abandonó este esfuerzo porque ella razonó que sería más provechoso hacer una lista de los servidores públicos que NO estaban brincando a las compañías de biotecnología.

En su tiempo en la FDA el supervisor inmediato de Taylor era James Maryanski, quien fue confrontado por Robin en su documental. El pobre, sin duda sintiéndose emboscado, murmuró algunos argumentos cantinflescos a la vez que admitía que efectivamente había disidencia entre los científicos de la agencia en torno a la inocuidad de los transgénicos. Pero aún así se les aprobó, en contra del propio reglamento de la FDA.

Podría hablarles de muchas otras instancias que demuestran que las preocupaciones acerca de la inocuidad de los transgénicos, como las papas de Pusztai, la tragedia del triptófano, el fiasco de la hormona transgénica rBGH, las ratas de Ermakova, el testimonio de Kirk Azevedo, y muchas más, están bien fundamentadas. Pero por la cuestión de la brevedad, vayamos directo al argumento de remate: el etiquetado.

Si estos alimentos son tan seguros, ¿por qué se opone la industria a que vayan etiquetados para que los consumidores puedan identificarlos y usar su criterio para decidir si los quieren comprar o no? Los argumentos de las compañías en contra del etiquetado no son ni remotamente convincentes.

Simplemente no confían en su propio producto y tampoco confían en la inteligencia del consumidor. Quizás se oponen porque sin etiquetado no puede haber trazabilidad, y sin trazabilidad no se puede asignar responsabilidad si alguno de estos alimentos transgénicos resulta tener efectos imprevistos.

Las denuncias y cuestionamientos aquí presentados no constituyen oposición a toda biotecnología, como creen erróneamente algunos. Es simplemente un reclamo de que se salvaguarde la ecología, la salud humana y el interés público en el desarrollo de esta y cualquier otra nueva tecnología. Los biotecnólogos no tienen por qué considerar inoportunos los planteamientos aquí expuestos, si son los mejores intereses de la humanidad lo que les motiva. Si lo que les motiva es el lucro y la ambición entonces se puede entender su molestia.

Autor: Ruiz Marrero es periodista y educador ambiental, autor del libro “Balada Transgénica” y Director del Proyecto de Bioseguridad de Puerto Rico.

sábado, 4 de octubre de 2008

Mitos y falsas promesas de la producción de transgénicos

Los defensores de la producción de transgénicos afirman que:

1. La biotecnología beneficiara a pequeños productores.

Sin embargo en la realidad…

La mayoría de las innovaciones en biotecnología agrícola son motivadas por criterios económicos más que por necesidades humanas, por lo tanto la finalidad no es resolver problemas económicos, sino obtener ganancias.
De esta forma también se aumentaría la brecha ente pequeño y gran productor ya que esta tecnología es costosa y esta protegida por patentes (derechos de propiedad intelectual).

“Terminator” es una tecnología de restricción de uso genético que produce semillas estériles en la 2da generación para obligar al productor a que vuelva a comprar semillas en cada cosecha. Seria una “patente biológica” que viola de hecho los Derechos del Agricultor, a producir y guardar semillas para la próxima cosecha, reconocidos por la FAO en 1983 y que viola también, por ejemplo, la Ley de Semillas en Uruguay que establece el derecho de los agricultores a reproducir y conservar semillas para la próxima siembra. 


El proceso tecnológico de “Terminator” es el mismo que se utiliza para manejar “a control remoto”, es decir con la aplicación de inductores químicos externos, la expresión de determinadas características genéticas. Este tipo de manipulaciones abre las puertas a la utilización de estos cultivos como armas biológicas*, ya que podrían contener características nocivas o simplemente suicidas, que solo fueran activadas por inductores externos, por ejemplo fumigación, calor, etc. Este tema que parece tan lejano a nuestra realidad cotidiana, esta siendo discutido actualmente como peligro real, en el marco de la renegociación de la Conversión sobre Armas Toxicas y Biológicas de Naciones Unidas y en el marco del Órgano Subsidiario Técnico Asesor del Convenio sobre Diversidad Biológica.

*La película The Happening (El Incidente) ilustra claramente estas ideas. Vale la pena verla.

2. Los alimentos transgénicos solucionarían el hambre en el Mundo

Si los genios de la biotecnología estuvieran realmente comprometidos con alimentar al mundo, ¿Por qué no se dedican a desarrollar nuevas variedades de cultivos más tolerantes a las malezas en vez de a los herbicidas o más tolerantes a las sequías, que son los problemas más comunes en la agricultura?


La meta
de las corporaciones multinacionales que producen transgénicos, como cualquier empresa, es la ganancia, no la filantropía. Sin ir más lejos basta con ver las cifras de la FAO que muestran que mientras que el volumen de producción agrícola aumento, el hambre en el mundo creció en proporciones mucho mayores en la misma época. Que existan hambre y pobreza no es un fenómeno tecnológico sino político y de distribución de recursos.

3. Los cultivos transgénicos tendrán mayor rendimiento

Estadísticas recientes tomadas en 21 zonas de Estados Unidos que cultivan el 68% de la soja de ese país y el 50% de la soja en el mundo, muestran que hay una disminución del rendimiento en un promedio del 6%.

4. Los transgénicos no alteraran la ecología ni reducirán la biodiversidad

La introducción de transgénicos en la naturaleza puede generar desequilibrios severos por impactos en diferentes poblaciones de insectos y en la cadena trófica o de alimentación.

Se ha visto que los sistemas agrícolas desarrollados con cultivos transgénicos, favorecen los monocultivos caracterizados por altos niveles de homogeneidad genética que conducen a una mayor vulnerabilidad de los sistemas agrícolas frente a distintos cambios ambientales.

5. Los transgénicos no serán tóxicos

La biotecnología se esta desarrollando para enmendar los problemas causados por anteriores tecnologías con agroquímicos (resistencia a los pesticidas, contaminación, degradación del suelo) los cuales fueron promovidos por las mismas compañías que ahora son lideres de la biorevolución. 

Los cultivos transgénicos tienden a incrementar el uso de los pesticidas y a acelerar la evolución de las “supermalezas” y plagas de insectos resistentes. El enfoque “un gen resistente-una plaga” ha sido superado fácilmente por las plagas, las cuales se adaptan continuamente a nuevas situaciones.


Según datos obtenidos por la Universidad de Cornell, en 1999, se comprobó la toxicidad para insectos no objetivo y aun otros invertebrados, como el caso de las mariposas Monarca cuyas orugas murieron por efecto del polen Bt (Maíz Bt, con toxina del Bacillus Thuringiensis).

¿Que son los transgénicos y como se hacen?

El hombre ha llegado al extremo de romper los límites naturales entre las especies e incluso entre reinos, como en el caso que introduce ADN de pez en el genoma de la papa, para conferirle resistencia al frío. Esto ha sido facilitado por la biotecnología y su amiga la ingeniera genética creando así los transgénicos.

Nos preocupa la actual visión utilitaria de la naturaleza que no mide los daños ecológicos en pos de ganancias económicas.

Consideramos importante un conocimiento a nivel popular del tema ya que siendo tan relevante no ha sido difundido por las autoridades y por el contrario estas ya han tomado una posición permisiva a espaldas de la opinión publica.

¿Que son los transgénicos y como se hacen?

Todos los seres vivos tienen células que en su núcleo contienen cromosomas con genes que codifican una determinada característica. Los genes se intercambian naturalmente a través de la reproducción y de la actividad de virus, bacterias y plásmidos. Este intercambio ocurre entre especies compatibles entre si o emparentadas, taxonomicamente cercanas.

La ingeniería genética ha permitido transferir genes de un organismo a otro, aun cuando no exista ninguna forma de compatibilidad entre los organismos involucrados.
Para indicar si se realizo la transferencia, se esta usando genes de resistencia a antibióticos. También se utilizan bacterias, virus y plásmidos (ADN independiente con gran capacidad migratoria y de recombinación) como vectores, es decir como vehículos para infectar al organismo receptor, transfiriéndole la información genética.

Otra tecnología de transferencia es a través de la llamada biobalística, por la cual una vez hecha la construcción del paquete con promotor, gen buscado y marcador, se adosa una microbala de tungsteno u oro y se dispara contra células del organismo receptor, pegando dentro y/o fuera de la célula, dentro y/o fuera del núcleo, dentro y/o fuera del cromosoma. En ningún caso se tiene control de donde en la cadena cromosomica se inserta la nueva característica.

“La ingeniería genética es su estado actual, si la comparamos con la ingeniería civil, seria como ir construyendo un puente tirando ladrillos al otro lado del río para ver si caen en el lugar correcto, usando solo los que hayan servido medianamente a tal efecto, y dejando el lecho del río lleno de materiales que no se conoce que efecto puedan tener. Con el agravante de que estos materiales están vivos, se reproducen y tienen su propio ámbito de acción.” (Silvia Ribeiro, 2000). Esta metáfora nos ilustra la situación en que esta ahora la ingeniería genética, que pretendiendo ser un área experimental confiable, se maneja a ciegas en un terreno potencialmente peligroso, ya que aun no hay suficiente respaldo comprobado con respecto a la seguridad e inocuidad de estos productos.

¿Quiénes los hacen?

Estados Unidos, Canadá y Argentina son los tres países con mayor producción de transgénicos.
Europa se mantuvo al margen, en 1999 decreta una moratoria de tres años contra el cultivo y comercialización de transgénicos en agricultura.

En Uruguay, según datos del Instituto Nacional de Semillas, en 1999 ya existían 10.000 hectáreas de soja transgénica. Acceder a la información sobre estos cultivos es engorroso ya que no existe una lista publicada de las aprobaciones otorgadas.

Los transgénicos cultivados en el mundo se reparten en dos grupos: 71% fueron cultivos con tolerancia al herbicida propiedad de la misma compañía que vende la semilla, el 28% fue tolerancia a insectos basados en la utilización de la toxina Bacillus Thuringiensis y solo el 1% restante tenia otra característica. 

De esta forma crean una dependencia entre ambos productos (la semilla y el herbicida). Quienes obtienen el beneficio de estos cultivos son las multinacionales que tienen las patentes de esos transgénicos. Ellas mismas venden el veneno y el antídoto.

Son solo unas pocas las empresas que tienen el monopolio de la producción mundial de semillas y agroquímicos y una gran parte del sector farmacéutico. Las que mas facturan son: Novartis, Monsanto, DuPont y Dow Chemical.

En Uruguay la mayor parte de la investigación biotecnológica de la Universidad o el INIA se hace en relación a contratos financiados por instituciones extranjeras que a su vez son financiadas por las empresas antes mencionadas.